AJEDREZ

Recuerdo que tendría unos 5 o 6 años cuando mi hermano mayor me enseñó los rudimentos de este enigmático juego.

De inmediato me fascinó esa compleja trama de casillas negras y blancas dispuestas geométricamente en aquel tablero de madera de aroma tan característico que aún conservamos.

Movía las piezas sin rumbo, pero me divertía imaginar cuál sería el siguiente movimiento, anticipar la jugada, pensar en lo que podría estar pensando el rival contra el que me enfrentaba.

Con el tiempo me di cuenta que el ajedrez no es una batalla contra el otro, sino precisamente un lugar de encuentro para mirarse a uno mismo.

Durante el confinamiento decidí que era hora de diseñar un ajedrez y construirlo.

Recordaba una hermosa idea de un alumno de la escuela mítica de la Bauhaus que había diseñado un ajedrez no atendiendo a la forma clásica de las piezas, sino teniendo en cuenta los movimientos de las mismas.

Partiendo de esta base, hice una serie de bocetos, empezando con la forma básica de un cilindro.

Cuidando un poco las proporciones y teniendo en cuenta el uso por los humanos, decidí las dimensiones de las piezas.

Los peones eran las piezas más sencillas.

Un cilindro de igual base que altura.

Las torres, tendrían unas hendiduras en la parte superior que marcarían su movimiento rectilíneo. Los alfiles tendrían una diagonal. Los caballos están hechos por tres cilindros, dos de ellos de diferente radio, que juntos sugieren su movimiento en L característico.

La reina, con su amplitud de movimientos, también está marcada en su parte superior por todos sus posibles movimientos. Y el rey, marcado por un punto grueso que indica que sólo puede desplazarse por una casilla adyacente.

Para la construcción de este ajedrez utilicé los materiales que tenía más a mano.

Reciclé un palo de escoba de madera que estaba en desuso, utilicé betún de judea para pintar las piezas negras, una sierra de carpintero y mucha paciencia.

Una vez realizada, no sin esfuerzo, pensé que sería interesante diseñar también la caja que las albergara.

Elegí otra vez un material manejable como es el cartón reciclado que me permite a través de su doblado y sin la utilización de pegamentos, llegar a una solución muy precisa y limpia.

Dibujé las caras superiores de las piezas a modo de logo y el ajedrez estaba listo para disfrutar con una buena compañía.

AJEDREZ

Recuerdo que tendría unos 5 o 6 años cuando mi hermano mayor me enseñó los rudimentos de este enigmático juego.

De inmediato me fascinó esa compleja trama de casillas negras y blancas dispuestas geométricamente en aquel tablero de madera de aroma tan característico que aún conservamos.

Movía las piezas sin rumbo, pero me divertía imaginar cuál sería el siguiente movimiento, anticipar la jugada, pensar en lo que podría estar pensando el rival contra el que me enfrentaba.

Con el tiempo me di cuenta que el ajedrez no es una batalla contra el otro, sino precisamente un lugar de encuentro para mirarse a uno mismo.

A través de las decisiones que uno va tomando, va comprobando las consecuencias, va experimentando los errores y uno termina viendo la posición caer o mejorar. Alberga una gran belleza, requiere de una gran concentración, y su larga tradición lo hace un juego para mi muy sugerente.

Durante el confinamiento decidí que era hora de diseñar un ajedrez y construirlo.

Recordaba una hermosa idea de un alumno de la escuela mítica de la Bauhaus que había diseñado un ajedrez no atendiendo a la forma clásica de las piezas, sino teniendo en cuenta los movimientos de las mismas.

Partiendo de esta base, hice una serie de bocetos, empezando con la forma básica de un cilindro.

Cuidando un poco las proporciones y teniendo en cuenta el uso por los humanos, decidí las dimensiones de las piezas.

Los peones eran las piezas más sencillas.

Un cilindro de igual base que altura.

Las torres, tendrían unas marcas en la parte superior que marcarían su movimiento rectilíneo. Los alfiles tendrían una diagonal. Los caballos están hechos por tres cilindrso, dos de ellos de diferente radio, que juntos sugieren su movimiento en L característico.

La reina, con su amplitud de movimientos, también está marcada en su parte superior por todos sus posibles movimientos. Y el rey, marcado por un punto grueso que marca que sólo puede desplazarse por una casilla adyacente.

Para la construcción de este ajedrez utilicé los materiales que tenía más a mano.

Reciclé un palo de escoba de madera que estaba en desuso, utilicé betún de judea para pintar las piezas negras, una sierra de carpintero y mucha paciencia.

Una vez realizada, no sin esfuerzo, pensé que sería interesante diseñar también la caja que las albergara.

Elegí otra vez un material manejable como es el cartón reciclado que me permite a través de su doblado y sin la utilización de pegamentos, llegar a una solución muy precisa y limpia.

Dibujé las caras superiores de las piezas a modo de logo y el ajedrez estaba listo para disfrutar con una buena compañía.